EL CRIMINAL-INFLUENCER

 EL CRIMINAL-INFLUENCER

En la República Dominicana se está produciendo un fenómeno que ya se ha manifestado en otras sociedades, con diferencias materiales, pero con repercusiones sociales semejantes. 


El fenómeno que quiero describir toca el núcleo de lo que la criminología contemporánea y la sociología del derecho denominan la «espectacularización del delito» o la creación del «criminal-influencer».


Dentro de esta categoría, podemos citar como criminales famosos a quienes la prensa sensacionalista convirtió en una especie de héroes, opacando por completo sus delitos y a sus víctimas. Es importante citar aquí a Malcolm X: «Hay que tener cuidado con los medios, porque pueden hacer odiar al oprimido y amar al opresor».


Algunos ejemplos de lo que intento describir son los siguientes:


Charles Manson: líder de una secta y autor intelectual de múltiples asesinatos; inspiración de canciones, libros y series como Mindhunter.


Pablo Escobar: jefe del Cartel de Medellín, protagonista de la cultura popular y de la serie Narcos.


Ted Bundy: asesino serial de más de 30 víctimas, inmortalizado en documentales y películas.


Jeffrey Dahmer: asesino en serie responsable de la muerte de 17 hombres, cuyo caso fue adaptado en producciones de gran éxito mediático.


Robert Durst: multihomicida cuyo caso ganó notoriedad mundial gracias a la serie documental The Jinx de HBO.


Issei Sagawa: autor de un homicidio y un acto de canibalismo en 1981, quien alcanzó un estatus de inusual celebridad tras ser liberado y escribir sobre ello.


Esta dinámica ha tomado un giro singular y preocupante a través del fenómeno de las «entregas en vivo» o la mediatización preventiva de la rendición. Delincuentes reconocidos —desde figuras del crimen organizado local hasta microtraficantes o asaltantes virales— optan por entregarse a las autoridades no a través del conducto regular (un cuartel o una fiscalía en silencio), sino frente a transmisiones en directo de comunicadoras digitales, creadores de contenido o plataformas de noticias en redes sociales. Estos criminales son capaces de asesinar incluso a sus propios familiares con tal de ganar views.


La fascinación por la exposición de su propia figura en ciertos criminales debe analizarse desde el punto de vista psicológico, porque, como señala Eduardo Galeano, lo que les interesa es precisamente la exposición, sin importar que esta implique los crímenes más brutales o los trapos sucios, como apunta Jesús Quintero.


Los programas de televisión, radio, medios escritos o digitales compiten por presentar en sus parrillas una programación destinada a un grupo de analfabetos que no piensa, que no puede consumir nada que exija una inteligencia superior a la de cualquier primate, que eso es lo que consumen, y porque tampoco poseen las herramientas para presentar otra cosa.


Siempre he pensado que la libertad de opinión, mediante medios masivos, debe ser regulada, porque a través de ellos no solamente se opina: también se educa.


El problema de la apariencia y la exposición a través de medios resulta relevante al analizar ciertas conductas criminales. La fascinación pública sobre su propia figura y sobre lo que es capaz el ser humano sin conocimiento ni conciencia para lograr el reconocimiento merece ser tomada en cuenta.


Los medios de comunicación pueden transformar a un criminal en una celebridad. Y esta es una cuestión ética que merece que se atienda la siguiente pregunta: ¿por qué algunas sociedades y los medios convierten a determinados asesinos en objetos de fascinación? No es que el interés por el crimen deje de ser legítimo. El problema comienza cuando la personalidad del agresor termina ocupando más espacio que las víctimas.


Cuando el criminal recibe una identidad casi mística, existe el riesgo de transformar la violencia en espectáculo y convertir la notoriedad en una forma póstuma de recompensa. Esto resulta especialmente problemático en la era digital. La exposición constante de criminales —sus fotografías, sus entrevistas, sus frases y reconstrucciones— puede reproducir una estética alrededor de individuos responsables de actos atroces.


El público comienza a hablar de sus crímenes, y las formas en que los medios los exponen hacen que el público relate los hechos como si esas características explicaran o compensaran la violencia.


Este fenómeno debe analizarse desde tres dimensiones centrales interconectadas:


Psicología del agresor: el ego, la protección y la búsqueda de inmortalidad digital.


En una era donde la existencia parece validarse únicamente a través de las pantallas, la psicología del delincuente no es ajena al narcisismo digital. Hay que tener cuidado con ello, porque, por ignorancia o de forma deliberada en ciertos casos, estamos contribuyendo a eso. Tal es el caso del Relacionador Público de la Policía Nacional: de cualquier cosa hace todo un espectáculo. Cuando la propia Policía hace un show de la captura, con música y rueda de prensa, le está dando al criminal lo que más quiere: tarima. Ya no es arresto, es alfombra roja. El Estado compitiendo con Tolentino por views.


El delito como puesta en escena.


Para ciertos criminales, como puede verse en los jóvenes que participaron en el atraco a una joyería, el crimen deja de ser solo un acto clandestino y pasa a ser un vehículo para la construcción de una marca personal. La entrega transmitida en vivo se convierte en el «episodio final» o en el punto culminante de un monólogo donde el criminal retoma el control del relato. Estas narrativas reproducen la idea de que la única forma en que un muchacho de barrio logra que digan su nombre en voz alta es matando. Si la sociedad solo te aplaude cuando eres el malo, pues serás el malo. Es movilidad social por infamia. Antes querían ser peloteros. Ahora quieren ser virales, aunque sea esposados.


En este contexto, la entrega mediática suele justificarse bajo el argumento de «garantizar la vida» ante un eventual enfrentamiento con los cuerpos de orden público. Sin embargo, en el fondo opera un cálculo simbólico: el criminal se presenta no como un capturado vencido, sino como un actor protagónico que gestiona su propio destino. La cámara le otorga una inmunidad simbólica momentánea y transforma el arresto en un acto de autopromoción.


El algoritmo de la morbosidad: de la noticia al espectáculo.


Los medios de comunicación tradicionales y, más crudamente, los nuevos medios digitales (canales de YouTube, páginas de contenido urbano, creadores de transmisiones en vivo) encuentran en la figura del «delincuente carismático» o «desafiante» una mina de oro en métricas de interacción (engagement).


Al enfocar la lente en la personalidad del delincuente —su vestimenta, sus frases célebres, sus argumentos, su serenidad o provocación ante la cámara—, la víctima es borrada del mapa discursivo. El dolor infligido, las vidas truncadas y el daño social se disuelven en favor del rating o de las reproducciones; la víctima es desplazada y el delito mismo es minimizado.


Los titulares y los comentarios del público a menudo romantizan la astucia, el valor o la elocuencia del acusado. Se analiza si «habló bien», si «andaba bien vestido» o si «le hizo frente a la policía», construyendo un mito urbano que sustituye la gravedad ética y penal de las violaciones cometidas, contribuyendo a una nueva figura del «antihéroe», por la que muchos jóvenes sin formación se sienten atraídos.


Impacto sociocultural en la República Dominicana.


En la sociedad dominicana contemporánea, este fenómeno tiene repercusiones que van más allá del debate ético periodístico:


Incentivo perverso para la juventud (modo de vida y recompensa póstuma). Cuando la única forma en que un individuo de un entorno marginado logra atención mediática, respeto social y un nombre en la conversación pública es mediante la notoriedad criminal, el crimen se consolida como una vía de movilidad simbólica. La notoriedad se percibe como una recompensa en sí misma.


Erosión de la institucionalidad. La preferencia del ciudadano o del acusado por entregarse ante un comunicador digital o un influencer en lugar de ante las instituciones de la justicia ordinaria pone en evidencia la crisis de confianza institucional, pero al mismo tiempo legitima un sistema paraestatal donde la cámara reemplaza al debido proceso.


Estetización de la violencia. Frases, gestos o cortes de video de estas entregas terminan convertidos en memes, stickers de WhatsApp, canciones de música urbana o tendencias de TikTok. La violencia se despoja de su carga de crueldad y se digiere como mero entretenimiento cotidiano.


El problema no radica en el interés legítimo de la sociedad por estar informada sobre los hechos delictivos y la persecución de la justicia. El dilema ético surge cuando los medios y las plataformas digitales operan sin una línea editorial clara, prestando sus micrófonos para que el agresor articule su propia apología sin un contrapeso crítico que dignifique la memoria de las víctimas.


Al otorgarle al criminal el escenario para realizar su última actuación en directo, la sociedad corre el peligro de confundir la infamia con la fama, y de ofrecer como incentivo supremo a quienes rompen el pacto social precisamente aquello que más anhelan: el aplauso y la mirada del público.


Y así nos va. Después nos preguntamos por qué estamos inundados de una sociedad criminal, violenta y sin los más mínimos principios morales. Estamos inundados de violencia porque la estamos transmitiendo en vivo, con patrocinadores.


Opaito.

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