El lujo de poder ir lento

 Buenos días 


Lectura recomendada por Opaito.



El lujo de poder ir despacio.


Hay conocimientos que solo aparecen cuando dejas de tener prisa. Algunas respuestas no llegan porque sigues buscando, sino porque un día, después de observar con calma, empiezas a ver lo que siempre estuvo delante de ti. No todo se descubre acelerando; muchas cosas solo se revelan cuando aprendes a mirar.


En mi caso, los avatares de la vida me obligaron a ir rápido para compensar muchas carencias. Cosas que no encontré disponibles y que tuve que construir por mí mismo. La creencia de que el hombre es una consecuencia de su entorno es una realidad pragmática; solo los excepcionales logran anteponerse a ella. Sin embargo, no siempre podemos salvarnos de esas casualidades que llamamos —erróneamente— destino, y que definen nuestras vidas.


Lo importante es reconocer que esas condiciones nos acompañan: son parte de nuestra realidad, nos forman y dan carácter, aunque a menudo las percibamos como una contrariedad que nos impide alcanzar lo que anhelamos. Lo relevante es distinguir cuándo nos es posible dejarlas atrás y dar el salto.


A menudo comprendemos cuestiones interesantes del vivir. Una de ellas es la importancia de ir despacio; no es que carezca de relevancia, pero no se puede pausar el paso cuando las contingencias obligan a ir a toda velocidad. Quien entiende esto, comprende cómo se desenvuelve la existencia. No se trata de que los imponderables dirijan tu destino, sino de hacerse consciente de ellos.


Darse el lujo de caminar con lentitud parte de comprender el concepto filosófico de la finitud y de haber resuelto, con el paso del tiempo, aquello que impedía tal sosiego. Quizás solo entendemos la vida cuando ya no sabemos qué hacer con ella. Yo he podido ver las cosas con calma porque logré navegar mis propios desafíos cuando pude y con lo que disponía.


Esto no es un consejo sobre cómo vivir; no me gustan las directrices ajenas y creo que un gran error es aceptarlas o darlas. Las recomendaciones están condicionadas por las experiencias propias; por ello, deberían limitarse a que cada quien comprenda su propia existencia y entienda la diferencia entre casualidad y destino. Al final, solo queda preguntarse: ¿es posible, acaso, darse el lujo de ir despacio, en que momento? Muchos consejos de este tipo, provienen de personas que han pagado sus casas y tienen algunas cuestiones esenciales resueltas.


Responder a estas preguntas es interesante, porque muchas reflexiones profundas sobre la lentitud y la contemplación se hacen desde plataformas invisibles y sin haber sido conocidas en su realidad más cruda. Cuando falta techo, salud, autonomía económica o resolución de ciertas heridas graves, la mente no se suelta fácilmente al modo contemplativo. Se queda en modo supervivencia. 


Opaito.

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