Sobre la Inteligencia Artificial y la Libertad Individual

 

Sobre la Inteligencia Artificial y la Libertad Individual

 

Alexander Solzhenitsyn sostenía que la libertad produce diversidad, la cual conlleva inevitablemente a una desigualdad tanto en la selección natural como en la estructura social; por el contrario, la igualdad forzada elimina la libertad.

 

Solzhenitsyn expuso estas ideas tras sobrevivir al sistema de gulags, criticando el intento del Estado soviético de hacer a todos "iguales", proceso que requería de una coerción total que aniquilaba la individualidad. Para él, la verdadera libertad permite que las diferencias en capacidades y talentos se manifiesten, creando una sociedad diversa en lugar de una masa homogénea. De su pensamiento se extrae la máxima: “Los seres humanos nacen con diferentes capacidades; si son iguales, entonces no son libres; si son libres, entonces no son iguales”

 

En el contexto filosófico, esta postura subraya que la igualdad ante la ley no significa igualdad de capacidades. Forzar lo segundo destruye lo primero. Son esas capacidades y diferencias de pensamientos, y no las diferencias físicas o biológicas, las que nos distinguen; por lo tanto, las posiciones en la estructura social están necesariamente vinculadas a dichas aptitudes.

 

En contraste, Søren Kierkegaard se expresaba sobre la libertad real afirmando que: “El ser humano es tan libre que puede escoger su propia esclavitud”. Cuando el hombre elige ser pobre o esclavo, lo hace dentro de su libertad de ser. Lo discutible sería si el individuo ha sido coaccionado a la posición social en que se encuentra o limitado en sus capacidades, para que no pueda desarrollarse. Kierkegaard enfoca esta cuestión en la angustia y la responsabilidad de la libertad absoluta, en la que el ser humano tiende a rechazar esta libertad para evitar la responsabilidad que conlleva, pensar porque como dice Schopenhauer es sufrir. No los evitamos nosotros mismo por eso, el poder igualmente lo suprime, porque el pensamiento es reaccionario es subversivo.

 

 Quizás por esto en ese mismo contexto se refería Fiódor Dostoyevski: “La libertad es difícil; es más fácil obedecer”. Según el autor ruso, si un hombre tiene conciencia, sufrirá por su error, y ese será su castigo. Lo ideal sería que los hombres fueran conscientes de su libertad y, sobre esa base, se impusieran sus propios límites, como proponía Nietzsche en Así habló Zaratustra.

 

El problema radica en que, como sostiene Dostoyevski: “Cada hombre no solo es responsable de lo que hace, sino de lo que hacen los demás”. Esto sucede porque hay hombres que no quieren hacerse responsables de su libertad y prefieren culpar a otros de su esclavitud, de su pobreza, de su pereza para pensar o del lugar que ocupan en la sociedad.

 

Nuestras diferencias físicas o biológicas no son relevantes, lo que nos hace diferentes es la capacidad y la calidad de nuestros pensamientos, productos de nuestras capacidades.

 

Mis consideraciones frente a la Inteligencia Artificial se fundamentan precisamente en este punto. El riesgo no reside en la naturaleza artificial de la máquina, sino en su tendencia a sistematizar el pensamiento. La IA promueve —quizás sin intención de sus creadores— que el hombre renuncie a su capacidad de pensar distinto y de no ser entonces responsable de sus ideas, que luego se materializan en actos. La tecnología ha simplificado tareas que pueden beneficiarnos, siempre que mantengamos la conciencia del pensamiento intacta y no caigamos en un estado de abandono, similar al letargo descrito por Aldous Huxley en Un mundo feliz.

 

La comodidad intelectual acompañada de la facilidad de acceso al conocimiento que nos conduce la IA es real, pero es también estéril, porque nos sustrae del pensamiento, lo evitamos y delegamos en la máquina para que piense por nosotros, porque pensar duele y el dolor es parte del precio de ser libre y responsable. Cuando delegamos sistemáticamente el esfuerzo de articular, dudar, contradecir y responsabilizarnos de nuestras ideas, no estamos ampliando capacidades: estamos atrofiando la única cosa que nos distingue de verdad, que es la calidad y la originalidad del pensamiento propio. Por ello me opongo o me adhiero, sin la necesidad de refutar por oponerme, sino siempre acompañada de argumentos.

 

En el ámbito de los Derechos Humanos y la psicología moderna, por ejemplo, se promueve a veces un concepto de la igualdad absoluta, incluso forzada, que exonera al individuo de la responsabilidad de sus actos y, por ende, de su libertad. Sartre decía que el hombre nace y ha de ser libre, pero también responsable. Muchos hemos aceptado estos criterios como válidos por su apariencia noble y su deseo de proteger a quienes carecen de opciones reales, de decidir libremente como desarrollarse, y no como señala John Kennedy Toole en La conjura de los necios, donde a veces no se elige el camino bueno o el malo, sino el único que se permite elegir.

 

En este estado de embriaguez de "empatía absoluta" y "psicología de la justificación", se corre el riesgo de anular la libertad y la responsabilidad, promoviendo igualdades sin sentido. Quizás nos confundimos porque el fin parece ser noble, pero las acciones no son buenas o malas únicamente por el objeto que persiguen, sino por la falta de razón que las acompaña.

 

Lo que procuramos es una respuesta a la siguiente pregunta: ¿Es la IA una herramienta para expandir nuestra capacidad o el mecanismo final para externalizar nuestra conciencia?

 

El desafío que nos plantea la Inteligencia Artificial no es tecnológico, sino ontológico. La IA de 2026 ya ofrece exactamente lo que el Inquisidor de Dostoyevski prometía: quitar la carga insoportable de la libertad. No tienes que decidir qué leer; el algoritmo te da el feed perfecto. No tienes que formular una pregunta difícil; la IA te da una respuesta pulida en segundos. No tienes que soportar la angustia de no saber; obtienes pasos numerados para la felicidad.

 

No tienes que formular bien una pregunta difícil → ChatGPT/yo te da una respuesta pulida en segundos. 

 

No tienes que soportar la angustia de no saber → buscas "cómo ser feliz" y obtienes 12 pasos numerados.

 

No podemos permitir que el algoritmo se convierta en el "gran inquisidor", aquel que nos quita la carga de la libertad a cambio de una comodidad intelectual estéril. Si pensar es sufrir —como sugiere Schopenhauer—, es precisamente en ese esfuerzo, en esa lucha contra la homogeneización, donde reside nuestra dignidad humana un derecho humano su superior. La IA debe ser una herramienta para expandir nuestras capacidades, nunca para sustituirlas.

 

La IA actual (y más aún la que viene) es una máquina de promedio estadístico glorificado. Entrena en billones de tokens humanos → produce lo que es más probable que un humano promedio diga. Esto genera una presión brutal hacia la homogeneización del pensamiento. Y ese es el problema, no porque la IA sea malvada, sino porque su métrica de éxito es la predictibilidad y la aceptabilidad masiva. Lo raro, lo disidente, lo no-consensuado tiene menos probabilidad → se filtra o se diluye. El resultado previsible (y ya observable) es una cultura donde cada vez más gente "piensa" lo mismo, pero con distinta estética personalizada. Esto permitirá a largo plazo la proliferación del conocimiento dogmático, y ya no habrá probablemente, más disrupciones científicas.

 

Hoy la mayoría de usos cotidianos de la tecnología computacional no son de ampliación, sino de sustitución perezosa. La gente no usa IA para pensar mejor; la usa para no tener que pensar. Haciéndose esclavos de ella.

 

La auto-legislación (darse la propia ley) requiere esfuerzo, soledad, riesgo, contradicción interna. La IA ofrece lo opuesto: certeza instantánea, consenso estadístico, ausencia de angustia.  Quien elige sistemáticamente la segunda opción no está legislando nada; está obedeciendo a un promedio invisible. Eso es servidumbre voluntaria con interfaz bonita.

 

Al final, el futuro no lo decidirá la tecnología, sino cuántos individuos decidan seguir pensando con dolor, dudar y ser responsables de sus ideas, aunque sean minoritarias. Si la mayoría opta por la externalización masiva de la conciencia, tendremos un gulag suave, climatizado y con playlist personalizada. Pero si una minoría obstinada decide usar el pensamiento como martillo, solo entonces la tecnología será un instrumento de auto-superación. Como advertía Nietzsche, el futuro pertenece a quienes son capaces de legislarse a sí mismos; lo demás es simplemente obediencia automatizada.

 

La pregunta entonces cambia, no es qué hará la IA. La pregunta será vamos a hacer nosotros con ella.  Y hasta ahora, la evidencia empírica es desalentadora, lo que escasea es gente que siga pagando el precio de pensar por sí misma en un mundo que premia no hacerlo.

 

La verdadera libertad en el siglo XXI consistirá en la capacidad de utilizar la tecnología sin sucumbir a la "embriaguez de la justificación". Debemos recordar que una igualdad que nace de la renuncia al juicio propio no es justicia, sino servidumbre voluntaria. Solo aquel que es capaz de imponerse sus propios límites, de aceptar la angustia de su propia razón y de reclamar la autoría de sus ideas, podrá evitar que el "mundo feliz" de la sistematización digital se convierta en su propia y elegante prisión.

 

Como advertía Nietzsche, el futuro pertenece a quienes son capaces de legislarse a sí mismos; lo demás es simplemente obediencia automatizada.

-Opaito-

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